
CAPITULO I
Nunca pensé que acabaría desgranando aquellos acontecimientos que marcaron mi infancia y mucho menos publicándolos en un blog, pero teniendo en cuenta la de nexos que me unen inexorablemente a muchos de los logianos y las publicaciones que he ido descubriendo desde la creación de este punto de referencia que nos alberga no he tenido más remedio que desempolvar el baúl de aquellos años raritos y aquí estoy abriendo sin remisión mi vida pasada a todos vosotros.
Tras esta aclaración comenzaré advirtiendo que la ingesta desmesurada de caracolas de chocolate de la panadería la Espiga Dorada de León XIII pudo influir en todo lo que aquí y ahora me dispongo a contar.
La infancia transcurría con normalidad hasta que el coleguita de turno me dijo aquello de - quillo hacen falta monaguillos en la Barzola-; ea se lió, no podía ser en San Buenaventura ni en San José Obrero o su homónimo en Palmete, nada de eso, la Barzola era el lugar elegido para comenzar las andanzas monegascas, y ahí me ven con mis pantaloncitos cortos de cuadro escocés, (ya te vale mamá), y una camiseta de publicidad de la leche Cunia en bolsa, avanzando Manuel Villalobos arriba en busca de aventuras mil. Nunca me pareció tan larga la tapia del colegio de los moros como aquella tarde del fatídico junio de mi iniciación.
-Hombre Saulito…-.Con ese diminutivo llamaba don Nicolás, el cura, a mi amigo “el Gafas”.
- Este debe ser tu amigo Pepe-
-Es correcto don Nico, creo que puede ser el perfecto para sustituir a Prudencio-
Una sustitución, que raro, “el gafas” no me había comentado nada de eso, aunque en aquel momento mis ansias de aventura impidieron que me parara demasiado en ese detalle.
-Pues si tú lo dices, no se hable más la misa de ocho y media es vuestra.-
Tras aquellas palabras note como el subidón de adrenalina casi hace hervir la leche Cunia de la camiseta. No me lo podía creer ese era el día elegido.
Tras el largo y frío pasillo se abrió a nosotros el centro de operaciones (Sacristía), el gafas, desenvuelto como si se hubiese criado entre aquellas cuatro paredes, sin dudarlo abrió el cuarto cajón de la cajonera que cubría el testero que daba a la capilla del sagrario, y casi sin darme cuenta me había revestido con el traje de ceremonia. Alba blanca con cordón rojo y roquete rojo identificativo de nuestra unidad de intervención. Al anudarme el cíngulo me sentí un tanto ridículo ya que los calcetines caladitos se veían más de lo aconsejable bajo aquella mini sotana, pero en ese momento entró por la puerta que daba al confesionario don Nico, y todo atisbo de ridículo se disipó, si al cura no le daba vergüenza que se les vieran aquellos Yumas con las tres tiritas naranjas por que iba a sentirme yo violento.
-Saulito, Pepito, hoy es un gran día.-
Aquellas palabras fueron el desencadenante de mi iniciación y comulgar con las dos especies el desencadenante de mi alcoholismo, pero de eso ya hablaremos en el próximo capítulo.
Nunca pensé que acabaría desgranando aquellos acontecimientos que marcaron mi infancia y mucho menos publicándolos en un blog, pero teniendo en cuenta la de nexos que me unen inexorablemente a muchos de los logianos y las publicaciones que he ido descubriendo desde la creación de este punto de referencia que nos alberga no he tenido más remedio que desempolvar el baúl de aquellos años raritos y aquí estoy abriendo sin remisión mi vida pasada a todos vosotros.
Tras esta aclaración comenzaré advirtiendo que la ingesta desmesurada de caracolas de chocolate de la panadería la Espiga Dorada de León XIII pudo influir en todo lo que aquí y ahora me dispongo a contar.
La infancia transcurría con normalidad hasta que el coleguita de turno me dijo aquello de - quillo hacen falta monaguillos en la Barzola-; ea se lió, no podía ser en San Buenaventura ni en San José Obrero o su homónimo en Palmete, nada de eso, la Barzola era el lugar elegido para comenzar las andanzas monegascas, y ahí me ven con mis pantaloncitos cortos de cuadro escocés, (ya te vale mamá), y una camiseta de publicidad de la leche Cunia en bolsa, avanzando Manuel Villalobos arriba en busca de aventuras mil. Nunca me pareció tan larga la tapia del colegio de los moros como aquella tarde del fatídico junio de mi iniciación.
-Hombre Saulito…-.Con ese diminutivo llamaba don Nicolás, el cura, a mi amigo “el Gafas”.
- Este debe ser tu amigo Pepe-
-Es correcto don Nico, creo que puede ser el perfecto para sustituir a Prudencio-
Una sustitución, que raro, “el gafas” no me había comentado nada de eso, aunque en aquel momento mis ansias de aventura impidieron que me parara demasiado en ese detalle.
-Pues si tú lo dices, no se hable más la misa de ocho y media es vuestra.-
Tras aquellas palabras note como el subidón de adrenalina casi hace hervir la leche Cunia de la camiseta. No me lo podía creer ese era el día elegido.
Tras el largo y frío pasillo se abrió a nosotros el centro de operaciones (Sacristía), el gafas, desenvuelto como si se hubiese criado entre aquellas cuatro paredes, sin dudarlo abrió el cuarto cajón de la cajonera que cubría el testero que daba a la capilla del sagrario, y casi sin darme cuenta me había revestido con el traje de ceremonia. Alba blanca con cordón rojo y roquete rojo identificativo de nuestra unidad de intervención. Al anudarme el cíngulo me sentí un tanto ridículo ya que los calcetines caladitos se veían más de lo aconsejable bajo aquella mini sotana, pero en ese momento entró por la puerta que daba al confesionario don Nico, y todo atisbo de ridículo se disipó, si al cura no le daba vergüenza que se les vieran aquellos Yumas con las tres tiritas naranjas por que iba a sentirme yo violento.
-Saulito, Pepito, hoy es un gran día.-
Aquellas palabras fueron el desencadenante de mi iniciación y comulgar con las dos especies el desencadenante de mi alcoholismo, pero de eso ya hablaremos en el próximo capítulo.
1 comentario:
Sé quién eres. Sólo eso. Arrieritos somos y ...
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